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Crítica: La ideología de fondo de Crepúsculo

Crítica: La ideología de fondo de Crepúsculo

Al final he caído. O más bien, lo que ha caído ha sido el libro de Stephanie Meyer en mis manos, Crepúsculo. Sí, ese libro del que se han vendido unos 5’5 millones de ejemplares en sólo un año y que ha sido luego trasladado al cine con el consecuente taquillazo. A una amiga se le ocurrió dejarme el libro después de enamorarse perdidamente de Edward Cullen (el amor “verdadero” de la protagonista).

Bien, pues por curiosidad empecé a leer el libro y para mi sorpresa, me enganchó a pesar de que la trama consistía en un topicazo detrás de otro: típica historia de amor imposible, en este caso, entre una humana y un vampiro, típico instituto con alumnos descerebrados, típico padre separado que no tiene claro cómo criar a una hija adolescente, típica hija adolescente que no sabe cómo encajar en el nuevo instituto, típico chico guapo del instituto aparentemente inaccesible...hasta ahí nada nuevo.

Quizá una de las cosas que hace adictivo el libro es el hecho de que lo narre la protagonista, Bella, en primera persona. La actitud de la protagonista: pesimista, irónica, con la autoestima por los suelos, resignada...evoca unas sensaciones que quién más o quién menos ha vivido, lo que hace extremadamente fácil el identificarse con Bella. La sencillez, tanto de la trama como de la prosa, engancha. Pero más que la forma en que está escrito el libro, creo que lo que le ha dado la llave del éxito han sido los valores utópicos que desprende.

En primer lugar, Edward Cullen, el vampiro del cual Bella se enamora, es la personificación del ideal del chico perfecto: increíblemente guapo, un físico extraordinario, con una fuerza y rapidez sobrenaturales, lee mentes (excepto, la de ella, claro), es bueno, es sincero, es un romántico y por supuesto, es rico y tiene un coche carísimo. Quizás su mayor defecto es que sea demasiado sobre-protector. Vaya por Dios.

En segundo lugar, el ideal de belleza que vende el libro es el mismo que el que mueve millones en cosmética, cirugía estética y psicólogos que traten la anorexia.

En tercer lugar, es una historia profundamente conservadora ya que, a pesar de la pasión incontrolable entre los amantes, Edward convence a Bella para esperar hasta el matrimonio (institución sagrada) antes de tener la primera relación sexual (completa, los besos incendiarios y el manoseo se ve que no cuentan).

Por otra parte, la relación que mantienen Bella y Edward es de total dependencia: ella no puede vivir sin él y viceversa y Bella cambia por completo su proyecto de vida por otro en el que estar con Edward se convierte en su máxima aspiración. Todo eso embadurnado con las frases más cursis y empalagosas que el lector o lectora se pueda imaginar, pero que contextualizadas en la trama aparecen como los diálogos más naturales del mundo.

La novela ahonda en el dogma de que existe una pareja perfecta con la que nunca se van a tener problemas y que completa a la mujer como persona (lo que implica que antes sin el hombre estaba incompleta). Muy feminista todo, vamos.

 

Ana Iborra

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1 comentario

Yamal Násser -

Muy buen artículo. Si los vampiros de verdad existieran, me temo que la escritora y todo el reparto habrían sufrido las consecuqncias... Además las películas apportan algo que nunca crei que llegaría a ver: un indio nativo americano metrosexual
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